jueves, 16 de noviembre de 2017

CINCO PILDORITAS DE FE

Cuando sientas angustia pide a Dios que te de la fuerza para afrontar los retos que se avecinan. Tu vida es un regalo y un don de Dios.

El estrés, la ansiedad y las emociones que acompañan a la crisis son a menudo descritos como una sensación similar a olas gigantes rompiendo tu alrededor.

Aquí te voy a indicar cinco pasos para orar cuando te sientas abrumado por las tormentas de la vida.

En sus Ejercicios Espirituales, San Ignacio de Loyola proporcionaba el Examen como una herramienta de cinco pasos para la reflexión.

El objetivo de esta herramienta es, aumentar su conciencia de la presencia de Dios en las experiencias de su vida diaria. Este Examen adaptado, es una herramienta para la revisión y el procesamiento de su situación después de una crisis.

5 pasos para orar cuando tienes el corazón abrumado

Este retiro no pretende ser un sustituto para la búsqueda de apoyo para la salud mental después de una situación de pérdida o crisis, pero es una oportunidad para procesar la experiencia a través de la fe.

A medida que avanza a través de este retiro, considere escribir sus pensamientos o sentimientos en un diario.

1.- Buscar un lugar seguro y tranquilo

Buscarás un sitio así para ser consciente de la Presencia de Dios. Los acontecimientos que son muy recientes pueden parecer que giran alrededor de ti, honra tu propia belleza y dignidad alejándote un momento para respirar. Jesús nos dijo:

"Vámonos aparte, a un lugar retirado, y descansen un poco" (Marcos 6,31).

Podrías decir algo así como:

"Dios, ayúdame a calmar las tormentas en mi corazón y mente, para que pueda oír Tu voz y sentir Tu paz."

2.- Examina que ha ocurrido en tu vida

¿Cómo examinarte? a través del lente de la gratitud. La gratitud es la base de nuestra relación con Dios. En todas las situaciones, incluso las más difíciles, se nos otorgan regalos.

Tal vez el regalo de Dios para ti era tu seguridad, o escuchar la voz de un ser querido, o la sensación del sol en tu rostro. Cuéntele a Dios la historia del evento reciente que lo abruma.

Comience con la primera vez que tuvo conocimiento de la situación que ahora le está afectando.

¿Cuándo fue la primera vez que escuchó hablar o supo, que esta situación de crisis iba a afectarle?
¿Cuáles fueron sus primeros pensamientos y sentimientos? ¿Qué ocurrió entonces?

Preste atención a las emociones que se evocan mientras le cuenta la historia a Dios. ¿Cuáles son los pequeños detalles que se destacan en ti que posiblemente no los hayas notado antes?

Dios está hablando en esos detalles. ¿Quiénes son las personas que interactuaron contigo durante la situación de crisis? Al pensar en ellos, ¿cómo te sientes?

La historia va a tomar varias vueltas; sigue compartiéndola con Dios en tu mente y corazón.

A medida que te vayas acercando a los acontecimientos reales, te debes preguntar ¿cómo han cambiado tus pensamientos y sentimientos?

3.- Preste atención a sus emociones

Sus emociones son sagradas. San Ignacio abrazó las emociones. Él creía que la presencia del Espíritu Santo se revelaba claramente en las emociones que se evocan cuando reflexionamos sobre nuestras experiencias.

¿Cómo este hecho se refleja en tu propia historia?, ¿Cuáles fueron las emociones que sentiste? ¿Cuáles fueron más fuertes que otras? ¿Cuáles fueron los momentos en los que los sentimientos que surgieron te sorprendieron?

¿Puedes identificar una o dos momentos o interacciones donde las emociones surgieron dentro de ti? Agradece a Dios por hablar contigo a través de esas emociones.

4.- Pídale a Dios que le hable a su corazón.

Ahora que ha establecido un par de momentos donde los sentimientos, sobre la reciente situación, afloraron, puede rezar para recibir una visión de estas experiencias.

Permita que el Espíritu Santo te dirija hacia uno o dos momentos, imágenes o sentimientos que Dios te está llamando a examinar con mayor intensidad.

Podría ser una palabra o frase que alguien dijo, podría ser su reacción emocional a algo que ocurrió, podría ser un pequeño detalle que usted piensa que nadie más notó.

A medida que mantengas ese momento o sentimiento en tu corazón, algunas palabras van a tomar forma y puede comenzar a fluir una oración alrededor de esa experiencia. Deje crecer la oración.

En algún momento de su reflexión, sobre esta reciente situación de crisis, Dios le está regalando algunos mensajes.

Con la guía del Espíritu Santo, comience a buscar los mensajes en las emociones, imágenes e interacciones durante la situación de crisis.

¿Qué puede aprender de sí mismo? ¿Cuáles podrían ser algunos de los mensajes que se pueden sacar de esa experiencia? ¿Qué está susurrándole Dios a su corazón?

5.- Mire hacia el mañana

Estos mensajes son dados a nosotros como un regalo de Dios. Cuando las olas de tensión y de crisis se estrellan sobre nosotros, es difícil ver la costa a lo lejos.

Después de haber abrazado la verdad en las emociones y haber extraídos los mensajes, podemos elegir nuestro próximo destino. Verás la costa con mayor claridad. Estarás fortalecido para mirar hacia el futuro.

¿Cómo puedes incorporar la sabiduría que te ha sido dado en los próximos pasos de tu viaje? Pídele a Dios que te provea con

"Dios, en las próximas horas y días, por favor ayúdame a... "

Aborda cualquier preocupación que esté en tu corazón acerca de los próximos pasos de tu viaje en la oración. Tu vida es un regalo, y está llena con dones de Dios.

Debemos reconocer con gratitud que somos amados y que nunca estaremos solos al caminar hacia adelante en nuestro viaje.

Termina el Examen orando un Padre Nuestro en silencio.


Fuente: PildoritasdeFe.net

miércoles, 27 de septiembre de 2017

TOMASA Y RAMÓN

La puerta se abrió de golpe, se escucharon gritos y una luz enceguecedora les pego en el rostro. –¡Quietos, nadie se mueva! –gritaron los intrusos– Ramón se levantó atolondrado y los enfrentó valientemente, en tanto que, Tomasa –tal como lo habían planeado– agarró el niño en brazos, salió por la puerta trasera, atravesó el solar y se internó en el bosque sin mirar atrás. Escuchó algunos disparos, pero no se detuvo: corrió y corrió durante casi toda la noche, hasta que, agotada, decidió parar para descansar un poco ya casi despuntando el amanecer.

Escondida entre unos arbustos, a la orilla del río, esperó la luz del día. Apenas despuntó el sol, buscó un vado y, con el agua casi hasta el cuello, cruzó el río con el bebé levantado en alto. Ya en la otra orilla agarró por los desechos hasta llegar al pueblo, se acercó a la casa cural, le contó al párroco lo sucedido y este la embarcó en una flota rumbo a la capital con una carta de recomendación dirigida a las monjitas del orfanato.

Tomasa y Ramón eran una pareja de campesinos entregados a Dios, a su hijo, a su vaquita lechera, a sus cuatro ovejas, a sus gallinas y a su entrañable parcela de lo cual, a duras penas, obtenían el sustento diario. Tenía su finquita, algo menos de dos fanegadas, el ranchito quedaba en la pata del cerro a la orilla de una quebrada que bajaba cantando desde lo alto por entre las piedras del zanjón.

Catorce meses hacía que Tomasa trabajaba en el orfanato ayudándoles a las monjas en los oficios domésticos, sin saber qué habría sido de Ramón; ella lo daba por muerto, aquella noche había escuchado los disparos. Ramoncito ya caminaba y empezaba a decir sus primeras palabras; no les faltaba nada, pero la pena era muy grande y la tristeza infinita, tan infinita como la distancia hasta su rancho.

Tomasa, con su balde y cantina, pasaba todas las mañanas por la orilla del barbecho que tenía Ramón frente a su rancho. Iba rumbo al potrero de abajo a ordeñar las dos vaquitas que sus viejos tenían para lo del diario vivir. Él se escondía detrás de la cerca y la la miraba pasar ilusionado, pero no se atrevía a "chistarle" ni una palabra. –Algún día la haré mi mujer –pensaba pa'sus adentros– y ella suspiraba por su amor cada vez que se "topaban" de camino pa'l pueblo cada domingo o fiesta de guardar. Se habían casado hacía tres años, luego de que Ramón tuviera el valor de manifestarle sus intenciones.

En esas recordaciones estaba Tomasa, cuando el ruido de una noticia que retumbaba en la radio la regresó a su triste realidad.

Al momento, mientras la Madre Superiora rezaba su primer rosario del día, se escucharon por todo el convento los alaridos de Tomasa que desesperadamente gritaba: –¡Madre, Madre, dónde queda la personería, dónde queda la personería! –¡Acabo de escuchar en el radio que todos los desplazados podemos acercarnos allá, a rendir una declaración y obtener ayuda del gobierno pa'recuperar lo perdido por culpa del conflicto armado!

Al día siguiente, ya en la personería, Tomasa relató al funcionario encargado los trágicos hechos de aquella nefasta noche, cuando lo perdió todo en la vida.

–¿Y de su marido nunca supo nada? –Preguntó el funcionario encargado–. –No señor, yo salí despavorida con Ramoncito en brazos, y hasta la presente ando po’ahí refugiada en el convento, sin tan siquiera tener una tumba a donde ir a rezarle al Ramón.

–¿Cómo se llamaba su marido?  –Ramón, a secas, sumercé.

–¿Tiene el número de la cédula?  –Sí, señor, en este papelito la tengo apuntada.

El funcionario digito el número y esperó un momento. Cuando el sistema le respondió, se quedó pasmado, miró a Tomasa y le dijo: –su marido no está muerto, figura en la lista de los desplazados que llegaron a Bucaramanga, se registró hace ocho días y, según su declaración, él cree que la muerta es usted. –¡Gracias Dios mío! –Exclamó Tomasa–.

–¿Cómo le hago pa’poder verlo? –Preguntó ansiosa–. –Tranquila, señora, la Unidad de Atención a Las Víctimas se encarga del trámite, váyase para el convento que nosotros le avisamos cuando todo esté listo.

Quince días más tarde, cada uno con el corazón en la mano, viajaba hacia Tunja: ella desde Bogotá y él, desde Bucaramanga. El encuentro se iba a realizar en la Plaza de Bolívar, frente a la catedral, por sugerencia del curita del pueblo.

Cuando Ramón llegó a la plaza, ya Tomasa y Ramoncito lo esperaban en el atrio de la iglesia. Apenas lo vieron asomar, los dos corrieron hacia él y los tres se fundieron en un amoroso e infinito abrazo. Conmovidos, los delegados del gobierno lloraron de alegría.

Ramón había logrado huir de los facinerosos yendo de camino al campamento: en un descuido, se lanzó al río desde un puente colgante y se dejó llevar por la corriente hasta que el agua lo botó en un desplayadero por allá cerca de Capitanejo. Finalmente llegó a la capital de Santander y allí trabajó en el rebusque hasta cuando supo sobre el registro de víctimas y fue a declarar; lo mismo que haría Tomasa ocho días después.

Aquel fatídico día de su separación cogieron por caminos opuestos sin atreverse a volver, pensando que el otro estaba muerto y que, asomarse por la vereda, sería como despreciar la propia vida y también caer bajo el golpe las balas asesinas.

Ocho meses después del encuentro, luego de cumplir con todos los trámites legales, les fue restituida su parcela y felices volvieron a su terruño querido, a su hogar bendito para comenzar de nuevo y seguir labrando su tierrita. Asomaron a la loma de la cruz, se detuvieron a la vera del camino y extasiados miraron a lo lejos aquel valle tan bonito; el mismo que hace meses habían abandonado a causa de la violencia. Se tomaron de las manos, alzaron en brazos a sus hijo y cantando bajaron hasta el plan. Ese día hubo fiesta en la vereda, todos los vecinos y, hasta los mismísimos victimarios, salieron a recibirlos con abrazos de reconciliación: había llegado la tan anhelada paz trayendo consigo el perdón y la esperanza de una vida mejor.

Actualmente, Tomasa y Ramón, viven felices en su vereda. Ramoncito ya va a la escuela y Tomasita, quien ya tiene un añito, les alegra la vida con sus travesuras.

Gracias a Dios, finalmente triunfaron la justicia y la verdad, pilares de la paz y de la prosperidad. Tal vez, de esta manera, logremos forjar un país más amable. 



Rafael Humberto Lizarazo Goyeneche.
Tunja, agosto de 2017.


Mi foto
Ingeniero de profesión, artista por vocación. Vi la luz en la población de Paz de Río (Boyacá, Colombia) en un mes de Abril del año de 1952, pero actualmente, resido en la ciudad de Tunja, capital de nuestro Departamento. Escribo mis poemas con versos sencillos que, por lo general, se convierten en canciones. Me gustan las artes y suelo pintar, canto e interpreto la guitarra, salgo a pasear en bicicleta, disfruto de la vida, cultivo amistades y vivo contento. Soy, en resumidas cuentas, un bohemio soñador con ganas de ser poeta, guitarrero y trovador.