miércoles, 27 de septiembre de 2017

TOMASA Y RAMÓN

La puerta se abrió de golpe, se escucharon gritos y una luz enceguecedora les pego en el rostro. –¡Quietos, nadie se mueva! –gritaron los intrusos– Ramón se levantó atolondrado y los enfrentó valientemente, en tanto que, Tomasa –tal como lo habían planeado– agarró el niño en brazos, salió por la puerta trasera, atravesó el solar y se internó en el bosque sin mirar atrás. Escuchó algunos disparos, pero no se detuvo: corrió y corrió durante casi toda la noche, hasta que, agotada, decidió parar para descansar un poco ya casi despuntando el amanecer.

Escondida entre unos arbustos, a la orilla del río, esperó la luz del día. Apenas despuntó el sol, buscó un vado y, con el agua casi hasta el cuello, cruzó el río con el bebé levantado en alto. Ya en la otra orilla agarró por los desechos hasta llegar al pueblo, se acercó a la casa cural, le contó al párroco lo sucedido y este la embarcó en una flota rumbo a la capital con una carta de recomendación dirigida a las monjitas del orfanato.

Tomasa y Ramón eran una pareja de campesinos entregados a Dios, a su hijo, a su vaquita lechera, a sus cuatro ovejas, a sus gallinas y a su entrañable parcela de lo cual, a duras penas, obtenían el sustento diario. Tenía su finquita, algo menos de dos fanegadas, el ranchito quedaba en la pata del cerro a la orilla de una quebrada que bajaba cantando desde lo alto por entre las piedras del zanjón.

Catorce meses hacía que Tomasa trabajaba en el orfanato ayudándoles a las monjas en los oficios domésticos, sin saber qué habría sido de Ramón; ella lo daba por muerto, aquella noche había escuchado los disparos. Ramoncito ya caminaba y empezaba a decir sus primeras palabras; no les faltaba nada, pero la pena era muy grande y la tristeza infinita, tan infinita como la distancia hasta su rancho.

Tomasa, con su balde y cantina, pasaba todas las mañanas por la orilla del barbecho que tenía Ramón frente a su rancho. Iba rumbo al potrero de abajo a ordeñar las dos vaquitas que sus viejos tenían para lo del diario vivir. Él se escondía detrás de la cerca y la la miraba pasar ilusionado, pero no se atrevía a "chistarle" ni una palabra. –Algún día la haré mi mujer –pensaba pa'sus adentros– y ella suspiraba por su amor cada vez que se "topaban" de camino pa'l pueblo cada domingo o fiesta de guardar. Se habían casado hacía tres años, luego de que Ramón tuviera el valor de manifestarle sus intenciones.

En esas recordaciones estaba Tomasa, cuando el ruido de una noticia que retumbaba en la radio la regresó a su triste realidad.

Al momento, mientras la Madre Superiora rezaba su primer rosario del día, se escucharon por todo el convento los alaridos de Tomasa que desesperadamente gritaba: –¡Madre, Madre, dónde queda la personería, dónde queda la personería! –¡Acabo de escuchar en el radio que todos los desplazados podemos acercarnos allá, a rendir una declaración y obtener ayuda del gobierno pa'recuperar lo perdido por culpa del conflicto armado!

Al día siguiente, ya en la personería, Tomasa relató al funcionario encargado los trágicos hechos de aquella nefasta noche, cuando lo perdió todo en la vida.

–¿Y de su marido nunca supo nada? –Preguntó el funcionario encargado–. –No señor, yo salí despavorida con Ramoncito en brazos, y hasta la presente ando po’ahí refugiada en el convento, sin tan siquiera tener una tumba a donde ir a rezarle al Ramón.

–¿Cómo se llamaba su marido?  –Ramón, a secas, sumercé.

–¿Tiene el número de la cédula?  –Sí, señor, en este papelito la tengo apuntada.

El funcionario digito el número y esperó un momento. Cuando el sistema le respondió, se quedó pasmado, miró a Tomasa y le dijo: –su marido no está muerto, figura en la lista de los desplazados que llegaron a Bucaramanga, se registró hace ocho días y, según su declaración, él cree que la muerta es usted. –¡Gracias Dios mío! –Exclamó Tomasa–.

–¿Cómo le hago pa’poder verlo? –Preguntó ansiosa–. –Tranquila, señora, la Unidad de Atención a Las Víctimas se encarga del trámite, váyase para el convento que nosotros le avisamos cuando todo esté listo.

Quince días más tarde, cada uno con el corazón en la mano, viajaba hacia Tunja: ella desde Bogotá y él, desde Bucaramanga. El encuentro se iba a realizar en la Plaza de Bolívar, frente a la catedral, por sugerencia del curita del pueblo.

Cuando Ramón llegó a la plaza, ya Tomasa y Ramoncito lo esperaban en el atrio de la iglesia. Apenas lo vieron asomar, los dos corrieron hacia él y los tres se fundieron en un amoroso e infinito abrazo. Conmovidos, los delegados del gobierno lloraron de alegría.

Ramón había logrado huir de los facinerosos yendo de camino al campamento: en un descuido, se lanzó al río desde un puente colgante y se dejó llevar por la corriente hasta que el agua lo botó en un desplayadero por allá cerca de Capitanejo. Finalmente llegó a la capital de Santander y allí trabajó en el rebusque hasta cuando supo sobre el registro de víctimas y fue a declarar; lo mismo que haría Tomasa ocho días después.

Aquel fatídico día de su separación cogieron por caminos opuestos sin atreverse a volver, pensando que el otro estaba muerto y que, asomarse por la vereda, sería como despreciar la propia vida y también caer bajo el golpe las balas asesinas.

Ocho meses después del encuentro, luego de cumplir con todos los trámites legales, les fue restituida su parcela y felices volvieron a su terruño querido, a su hogar bendito para comenzar de nuevo y seguir labrando su tierrita. Asomaron a la loma de la cruz, se detuvieron a la vera del camino y extasiados miraron a lo lejos aquel valle tan bonito; el mismo que hace meses habían abandonado a causa de la violencia. Se tomaron de las manos, alzaron en brazos a sus hijo y cantando bajaron hasta el plan. Ese día hubo fiesta en la vereda, todos los vecinos y, hasta los mismísimos victimarios, salieron a recibirlos con abrazos de reconciliación: había llegado la tan anhelada paz trayendo consigo el perdón y la esperanza de una vida mejor.

Actualmente, Tomasa y Ramón, viven felices en su vereda. Ramoncito ya va a la escuela y Tomasita, quien ya tiene un añito, les alegra la vida con sus travesuras.

Gracias a Dios, finalmente triunfaron la justicia y la verdad, pilares de la paz y de la prosperidad. Tal vez, de esta manera, logremos forjar un país más amable. 



Rafael Humberto Lizarazo Goyeneche.
Tunja, agosto de 2017.


miércoles, 30 de agosto de 2017

LA HISTORIA DE BELENCITO


                                                                                   

BELENCITO, UNA CIUDAD A MARCHAS FORZADAS, fue el titular del artículo escrito por Gabriel García Márquez en 1954, con motivo del nacimiento de Belencito, la moderna ciudad construida a toda máquina por Acerías Paz del Río, para albergar a los cientos de empleados encargados del montaje de la planta siderúrgica.

En el año 2011 con motivo de los 124 años de El Espectador, fue publicado nuevamente. Lo reproduzco tal cual el original:

Una ciudad moderna construida en ocho años. La fiesta de Francia se celebra en Belencito como en París. Golpes de terquedad. Siete mil hombres alrededor de un horno. 500 toneladas de hierro en un día. La Calle Francesa. Del buey a la locomotora.

Puede decirse, con absoluta seguridad, que en ninguna ciudad del país se está trabajando actualmente con la intensidad, la fiebre y la desesperación con la que se trabaja en Belencito, una ciudad moderna, de ruidoso y confuso cosmopolitismo, situada a siete kilómetros de Sogamoso, en el recodo de una extensa llanura agrícola. Hace ocho años la ciudad no existía. A todo lo ancho del Valle no había otra edificación que una larga casa colonial llena de ventanas, que hasta hace un siglo era un convento de agustinos, y una capilla de cal con una sola torre, un solo ventanuco y una sola campana. “Belencito” se llamaba el lugar que a nadie más interesaba que a los promeseros que lo visitaban una vez al año, y últimamente a los historiadores porque se había dicho que allí reposaban los restos del general Rook, el irlandés que murió en la Batalla del Pantano de Vargas después de haberse guardado la cercenada mano en el bolsillo, para seguir luchando con la otra, y que “fue enterrado en un convento cercano”.

Los árboles nacen de pie

En torno al convento ha crecido la ciudad, que según los cálculos estaría concluida a principios del año entrante y que por una disposición imprevista debe estar terminada, lista y a la medida, dentro de cinco días. Belencito se ha formado más rápidamente que cualquier otra ciudad en el país. Pero tal vez en ninguna parte del mundo se han hecho tantas cosas con tanta rapidez, con el ritmo vertiginoso con que allí se han hecho en los últimos días. Lo habitual es que los árboles de una ciudad empiecen por ser árboles pequeños. Los hermosos árboles que bordean las aceras de Belencito fueron pequeños alguna vez, pero a mucho kilómetros de allí, en Suba, en donde los cultiva un agrónomo japonés. Y como si fueran mercancía japonesa están llegando a la nueva ciudad, en grandes camiones amarillos, árboles envueltos en papel, amarrados con alambre, árboles que sembrados en las aceras con envoltura y todo. Con la misma celeridad, pero con igual eficacia se están los toques finales a la nueva ciudad de Belencito, que tiene al mismo tiempo algo de gigantesca proeza humana y algo de magia negra.

París siempre París

En la actualidad, Belencito tiene, a las horas de trabajo, dos mil habitantes. Durante las horas de ocio tiene cinco mil. Ochocientos vehículos –enormes camiones de carga, autobuses, modernos automóviles- movilizan a los tres mil hombres flotantes que trabajan en los alrededores: colombianos, mexicanos y franceses. Pero especialmente franceses, desde los más costosos ingenieros especializados, hasta los fornidos y elementales obreros de la planta generadora de fuerza.

Desde cuando le Banque de París et des Pays Bas concedió un empréstito de 25 millones de dólares a la empresa Paz de Río, empezaron a llegar al sitio de Belencito. Prácticamente, ellos iniciaron la ciudad y ellos han puesto ese sello exótico al sector que ocupan en la actualidad, y que es casi la mitad del perímetro urbano. Allí no se oye una palabra de castellano. Allí hay un restaurante francés en el que por dos pesos se consumen buenos platos franceses, y en el cual puede leerse, en francés, un aviso que dice, para que lo sepan nacionales y extranjeros: “las personas encargadas del servicio hacen todo lo posible por complacer a la mayoría. Aquí las obligaciones de los clientes son las mismas que en cualquier restaurante de Francia”.

Francia en Boyacá

Los franceses de Belencito no han retrocedido con el cambio ni un milímetro en su personalidad. Han aprendido español, para entenderse con los colombianos que no se han tomado la molestia de aprender francés, pero dentro de su barrio viven enteramente como vivirían en Francia. Toman vino y leen, junto al hogar crepitante, periódico de París con informaciones y comentarios de la política francesa. La paz de Indochina fue recibida en Belencito lo mismo que en cualquier poblado de la provincia francesa. El 14 de julio, desde hace cinco años, se celebra en las calles de esa ciudad colombiana como en las calles de cualquier ciudad de Francia. “Como católicos son ejemplares”, dice el Padre Abella, el alto, moreno y vigoroso cura parroquial que se ha visto precisado a ejercitar su francés para entenderse adecuadamente con sus nuevos e insólitos feligreses. Igual cosa ha hecho el maestro de la escuela, un cordial boyacense que dicta clases en su idioma a un turbulento grupo de chiquillos franceses.

¿Esto es Colombia?

Por lo inesperada, por su tremenda actividad, por la manera de estar poniendo en práctica un pensamiento en grande que sólo fue posible realizar por terquedad, Belencito no parece una ciudad colombiana. No hay allí nada común a las otras ciudades nuestras, salvo los invariables letreros en los cuartos sanitarios: “Abajo los godos”, “Abajo los bandoleros liberales”. Por lo demás –en una ciudad donde no hay tiempo para hablar de política- Belencito parece una población extranjera, con ese casino automático donde se sirven mil almuerzos en dos horas, con estricta eficiencia, y ese monstruoso alto horno que dentro de cinco días empezará a producir 120.000 toneladas de hierro y acero.

Todo esto empezó en 1942 cuando el ingeniero Olimpo Gallo se presentó al Instituto de Fomento Industrial con la noticia, vieja pero sólo entonces perfectamente comprobada, de que en Paz de Río a todo lo largo y ancho de la desmesurada hacienda de los Archilas en Boyacá, había yacimientos de hierro lo suficientemente ricos como para montar una de las plantas siderúrgicas más importantes del mundo. Antes, en 1938, la Asamblea de Boyacá lo había dicho, sin que se le prestara mucha atención: aparte “el Gobierno procederá a realizar, a la mayor brevedad, por conducto de una comisión de ingenieros especializados en el ramo de minas, la localización, estudios geológicos y petrográficos y demás trabajos de orden técnico de las minas de hierro y sus derivados, cuyo filón principal arranca en la quebrada de Cosgua, en el municipio de Betéitiva, sigue por las veredas de Colacote, Soapaga, Salitre, Sibaría y Chitagoto, en el municipio de Paz de Río, y va a morir en jurisdicción de Sativasur, en este departamento”. Sólo en 1945 el gobierno del doctor Alberto Lleras Camargo tomó una medida efectiva: autorizó la emisión de bonos nacionales por valor de 10 millones de pesos destinados a los estudios preparatorios de Paz de Río.

A golpes de terquedad

Sin embargo, durante los años siguientes se habló con frecuencia de la empresa siderúrgica de Paz de Río como de una hermosa locura. Todo el mundo pensaba más en la política que en la industria. El primer comité de financiación, nombrado por el primer gerente de la empresa –que sigue siéndolo en la actualidad- doctor Alberto Jaramillo Ferro, presentó al Gobierno un plan definitivo que el congreso no pudo aprobar, sencillamente, porque el congreso fue clausurado. Hubo que aprobar el plan por medio de un decreto ejecutivo, y el doctor Jaramillo Ferro, que no estaba esperando otra cosa, calculó que el proyecto tardaría 40 años en realizarse sino se tomaba una medida heroica. “Esto no hay que pensarlo dos veces”, dijo, con una frase habitual en él, y con base en el plan aprobado consiguió una financiación externa para construir en cuatro años una planta siderúrgica que parecía un cuento chino. Y un cuento chino de nunca acabar. Desde entonces el simpático y fabulosamente activo gerente de Paz de Río no ha tenido ni un minuto de vacaciones. En las últimas semanas ha volado hasta tres veces al día de Bogotá a Belencito, en el nuevo y confortable DC-3, de propiedad de la empresa, que hace viajes de 300 kilómetros en 45 minutos y, sin embargo, por la manera de estar siempre a disposición del doctor Jaramillo Ferro, parece su automóvil particular.

A paso de conga

Al mismo ritmo con que trabaja el gerente se ha construido la planta siderúrgica que dentro de cinco días será inaugurada por el presidente de la república, con asistencia de 2000 invitados. Instalaciones que debían de construirse en 40 años, han sido construidas en ocho. Y una ciudad como Belencito, que normalmente habría tardado 50 años en formarse, está siendo terminada a la carrera por pintores de brocha gorda, armados de las brochas más gordas que puedan imaginarse; gigantescos hisopos de cerda humedecidos en gigantescos toneles de pintura, con los cuales se pinta en dos días un edificio de 50 metros de altura. En mediodía se pavimenta una calle, se construye una valla de cemento y crece un árbol a dos metros de altura. Es el ritmo natural de una ciudad que producirá 500 toneladas de hierro todos los días.

Los rastros de la desesperación.

Hasta ahora, con 300 millones de pesos invertidos, Paz de Río no ha producido un alfiler. Apenas está culminando el proceso de montaje. Con la cantidad de madera que hay tirada en los alrededores, y que son los restos de cajas en que los equipos han venido de Francia, alcanzaría para construir una ciudad tan grande como Belencito. La alucinante velocidad con que se ha trabajado, el volumen de los equipos movilizados, han dejado una engañosa huella que no parece el resultado de una enorme construcción, sino que los destrozos de una catástrofe. Allí apenas si ha alcanzado el tiempo para montar esa planta de fuerza que genera 25.000 kilovatios y que metieron dentro de un monstruoso edificio de ladrillos con ventanas de 20 metros de altura, 200 expertos mexicanos que después del trabajo cantan en Belencito canciones de Jorge Negrete y comen salsa picante pura, como si fuera agua aromática.

El gran gigante

Cualquiera se pregunta qué hacen 7000 personas, dos ferrocarriles, ochocientos vehículos y un gerente que tal vez es la persona que mayor cantidad veces viaja en avión durante el día, en torno a una cosa fabulosamente grande y compleja que, sin embargo, vista en Belencito, dentro de la complicada organización de la ciudad, resulta pequeña y simple: el alto horno. En dos palabras, un alto horno no es otra cosa que una compleja caldera de la cual pueden salir diariamente 500 toneladas de hierro. Tanto se ha hablado de ella, que lo único que falta es que se le escriba un poema. Dentro de 15 días, seguramente será el artefacto más fotografiado del país. Porque hasta ahora, lo más importante que se ve en Belencito –por encima de la desesperada actividad, por encima de los fantásticos yacimientos de Paz de Río- es el alto horno, que parece una interplanetaria catedral de acero y que, sin embargo, tiene nombre de mujer: “Elena”. Ese es el nombre de la bella y cordial esposa del gerente de Paz de Río, en homenaje a quien se ha bautizado el primer alto horno montado en el país.

Del buey a la locomotora

El monstruo más costoso y apreciable de la gigantesca instalación, será acaso lo menos visible en el futuro. Hace cuatro días fue encendido por primera vez y posiblemente no vuelva a apagarse en los próximos cincuenta años. Los visitantes se acostumbrarán a ver en él, simplemente, una tremenda edificación metálica con una temperatura infernal, dentro de una ciudad que tiene un clima ideal de 15 grados. Pero será la fuente de toda clase de artefactos férreos que viajarán por todo el país, por todo el mundo, tal vez en camiones amarillos –como los que ahora circulan apresuradamente por las calles de Belencito- con un sello estampado: “Empresa Siderúrgica de Paz de Río S.A.”.

Antes de producir un clavo, ya la actividad de esa empresa ha empezado a influir en la economía. En Sogamoso, que es la población más cerca a Belencito, una habitación para una sola persona, que hace pocos años valía siete pesos mensuales, cuesta cincuenta en la actualidad. En esa proporción está subiendo el costo de la vida en Sogamoso, en cuya plaza principal se ha vendido siempre ganado llanero y productos agrícolas y acaso sea, dentro de pocos años, un gran mercado de cosas de hierro y acero, desde alfileres hasta locomotoras.


Fuente:
El Espectador 124 años
Autor: Gabriel García Márquez (1954).


Mi foto
Ingeniero de profesión, artista por vocación. Vi la luz en la población de Paz de Río (Boyacá, Colombia) en un mes de Abril del año de 1952, pero actualmente, resido en la ciudad de Tunja, capital de nuestro Departamento. Escribo mis poemas con versos sencillos que, por lo general, se convierten en canciones. Me gustan las artes y suelo pintar, canto e interpreto la guitarra, salgo a pasear en bicicleta, disfruto de la vida, cultivo amistades y vivo contento. Soy, en resumidas cuentas, un bohemio soñador con ganas de ser poeta, guitarrero y trovador.